Comenzamos el 2025 y la fotografía nos presenta un panorama complicado, sombrío, preocupante. ¿Qué pasará? Nadie lo sabe.
Para empezar hay que ser realistas. Mientras la lucha por el poder y por dominar siga brujuleando el instinto biológico-cultural del ser humano es imposible que se produzcan cambios de verdad.
Lo cual quiere decir que los brindis que hacemos cada año nuevo que comienza no dejan de ser gestos bonitos, bien intencionados, envueltos con expresiones emotivas que no pueden ser tomadas en serio porque son solo eso: palabras.
Es cierto que los deseos son importantes. Sin ellos no hay emoción ni movimiento, puesto que son el motor que mueve a las personas y a la sociedad en su conjunto a realizar cosas, alcanzar objetivos, metas.
Hay que decir también que los deseos deben ser realistas. De lo contrario pueden llevarnos, en caso de no cumplirse, a grandes frustraciones. Y en política incluso a una catástrofe colectiva.
Llevamos siglos reivindicando lo mismo, paz, amor, respeto por el prójimo, justicia social, fin de la violencia, de las guerras. Deseos que se repiten una y otra vez año tras año. Uno cavila que de tanto desear esas cosas el mundo, en términos de evolución humana, tendría que haber sido muy distinto al espectáculo que estamos contemplando hoy. Pero no.
Últimamente están ocurriendo cosas impensables, sorprendentes, inaceptables. Es como si de pronto todos los dioses de un supuesto Olimpo mundial se unieran para conspirar contra los humanos, liberándoles todas las miserias.
Las celebraciones de cada fin de año no dejan de ser una suerte de bacanal consumista. Las grandes marcas hacen su agosto, introduciendo un cóctel audiovisual donde se mezclan emociones, música, paisajes, deseos, religión, imágenes de familias felices, romance, fotografía que se asemeja más a un gran fraude que a la realidad.
Lo cierto es que en estos tiempos la tecnología brinda muchas posibilidades. Una de ellas es la de construir grandes fantasías. Las redes de mensajería social son un ejemplo. A través de ellas se envían y reenvían frases hermosas de filósofos, escritores o poetas que nos hablan de la moral, del significado del amor, de la amistad o de la libertad.
Lo peor es que nadie se aplica el cuento. Demostrando con ello que no se interiorizan los contenidos de esos mensajes. No sabemos si es por falta de comprensión lectora, ignorancia o simplemente se postean, como dicen ahora, porque suenan bonitos, quedan bien, proyectan un cierto aire cultural. Suponemos que detrás se esconden razones psicológicas, sociales y otras.
Teniendo en cuanta que el analfabetismo funcional y la incultura están alcanzando cotas elevadas es normal que en estos tiempos se mezclen churras con merinas y que, por lo tanto, las capacidades para separar el grano de la paja sean nulas. Y eso es lo que está sucediendo en este maltratado y poco comprendido cambio de época.
Hoy los idiotas abundan, los hay por doquier. Desde que se popularizó “san” Google todo el mundo cree saber de todo. Creen que lo que buscaron allí va a misa, por lo tanto, que les brinda conocimiento.
Por otro lado, hoy todo hijo de vecino desea ser protagonista de algo, salir en los medios, que hablen de él o de ella, bien o mal, eso no importa. Todos quieren tener ese minuto de “gloria”. La cuestión es estar presente en un plató de televisión o salir en la portada de un periódico.
Los que deberían dar ejemplo no lo hacen. O sí lo hacen, pero sus ejemplos no son precisamente ejemplarizantes, valga la redundancia. Cada día aparecen “personajes” más mediocres como si fuera una suerte de competición.
La mala noticia es que ya nos han acostumbrado a este gran circo, con lo cual son pocas las personas conscientes de lo que se mueve tras bambalinas. Parece que hay un interés especial en potenciar los comportamientos ovejunos.
Lo que significa que este año que acabamos de estrenar presenta pocas luces y sí muchas sombras. Lo más grave de todo es que la mentira se está convirtiendo, igual que las energías verdes, en sostenible.
Y cuando no se diferencian las verdades de las mentiras tampoco se distingue el bien del mal. Peligroso.