El veneno que nos meten

No paran de cabrearnos. Lo digo por aquello de que nos roban los catalanes, nos roba el gobierno, hasta nos roban en Nostián… Sí, ha sido una semana de quitas, condonaciones y pedagogías extrañas sobre impuestos, lo común y lo particular. Cuando en realidad sucede lo de siempre: negocia quien puede negociar. Si nosotros pudiéramos condicionar la continuidad del gobierno, también sacaríamos tajada.


Por supuesto que condonar el 22% de la deuda adquirida mediante el Fondo de Liquidez Autonómica es una cesión de Sánchez a “los catalanes” para seguir en el poder. Condonar aquí significa repartir entre todos. Así que Rueda tiene que elegir entre que cada gallego pague unos 200 euros más de lo que debía y protestar mucho, o pagar como mínimo el doble y hacerse el digno. Porque la deuda catalana, y alguna otra, seguro, se pagará a escote. Así que digo yo que no seremos tan idiotas de, además, pagar la nuestra nosotros solos.


De esto saben mucho en la administración. Uno se endeuda, otro ahorra. Y al endeudado le regalan una quita mientras que al ahorrador le reclaman lo que no ha gastado en ese ejercicio y le recortan el presupuesto del año siguiente con el argumento de que no necesita tanto.


También saben de esto en impagos, quiebras o insolvencias. Se negocia. Por eso la concesionaria de Nostián, Albada, y el concello coruñés han preferido un mal acuerdo que un buen juicio. Y todos salimos perdiendo. Pero podíamos perder mucho más.


Que nos crispemos o no ante este tipo de negociaciones depende mucho de lo que azucen al graderío. Porque el reparto de lo público puede siempre leerse en clave de gravísima afrenta o de convivencia natural y solidaria. Todo puede parecernos un insulto: una carretera pública, si nunca vamos allí (que la pague quien la use, dirán muchos), la sanidad universal para un fumador, las subvenciones a un sector que no es el nuestro, la condonación del puerto de Valencia y no del coruñés, o incluso las ayudas tras una catástrofe evitable.


El enfado es una opción, pero hay demasiados espoleándolo por simple interés político. Parece que incitan a una revolución, como en el musical Los Miserables: “Do you hear the people sing? Singing the song of angry men?” ¿Oyes a la gente cantar? ¿Cantando la canción de hombres enfadados? Muchos medios y las redes pueden parecen, más que “angry men”, los “angry birds”. Pero no es broma. Se atiza tanto el enfado que se acaba a bofetadas, a tiros o, como mínimo, yéndose cada vez más gente a los extremos.


Entonces ¿qué?, ¿lo consentimos?, ¿o queremos un iluminado con la motosierra para que sobre todo salga ganando él y los suyos? No, en democracia es sencillo: votamos. Y lo recomendable sería hacerlo con cabeza, no movidos por la ira. Aunque solo sea para que vengan otros más o menos iguales. Como cuando cambiamos de banco, aseguradora o empresa eléctrica, con quienes, por cierto, podríamos estar tanto o más enfadados que con la administración pero nadie reclama motosierras.


Indignados de antes y enfadados de ahora, el caso es que revientan en cualquier parte, no solo en unas elecciones de castigo extremista, también en los campos de futbol, en un atasco, en un partido infantil de balonmano. Pueden matar a un abuelo, agredir a una niña árbitro o embestir a ese coche hasta sacarlo de la carretera… Todo esto ha sucedido estos días.


Así que ¿qué tal una tila? ¿Qué tal si los políticos, tertulianos, activistas y “rederos” se lo toman con más calma y nos dan un respirito? Que la vida son dos días, que asaltar “capitolios” es una ordinariez y, creo yo, que aún somos mayoría los que nos cansa tanto exaltado, crispado y envenenador que conoce las reglas del juego igual que “los catalanes” o “los de Nostián”. Y que sabemos que harían exactamente lo mismo si pudieran.

 

El veneno que nos meten

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