“Baile de máscaras”

Quien más quien menos seguro que ya ha disfrutado de algún cocido, y rara es la casa en la que no hayan llegado los aromas a limón y anís de las “orellas” o del caldo para el ‘almohado’ de las filloas. Es tiempo de Carnaval, de Apropósitos, comparsas, disfraces y máscaras. Carnaval como la gran excusa. Durante unos días, todo está permitido: exagerar, reírse de uno mismo, jugar a ser otra persona. Se nos concede la libertad de ponernos una máscara y, paradójicamente, ser un poco más auténticos, más conectados con nuestra esencia. Porque si algo tiene este tiempo, además de confeti en los zapatos y resacas de purpurina, es esa capacidad de desdibujar la frontera entre lo que mostramos y lo que somos en realidad.


Dicen que la máscara oculta, sinceramente, creo que muchas veces revela. Basta mirar a ese ejecutivo de corbata que se disfraza de payaso cada febrero y parece más cómodo así que el resto del año. O esa vecina reservada que, cuando llega el Entroido, se convierte en la reina del desfile con un vestido imposible. Durante unos días, la gente se permite el lujo de ser quien le habría gustado ser sin las ataduras del “qué dirán”. Y así, entre comparsas y serpentinas, aflora una verdad inconfesable: quizás no nos disfrazamos, sino que nos quitamos las máscaras cotidianas para desvelar la esencia del yo que no nos permitimos ser cada día.


El Carnaval no se acaba con el entierro de la sardina, con las plañideras acompañando el cortejo fúnebre y la ceremonia de miércoles de ceniza. Seguimos llevando máscaras, pero de las que no se ven. Está la de la cordialidad obligada en el trabajo, la del entusiasmo impostado en reuniones que nos importan menos que el precio del ruibarbo, la del estoicismo en cenas familiares donde preferimos mordernos la lengua antes que desatar la Tercera Guerra Mundial. Nos hemos convertido en expertos en el arte de la representación, en intérpretes de un guion que nadie escribió pero que seguimos al pie de la letra.


El Carnaval dura unos días, pero las otras máscaras se instalan con vocación de permanencia. Les acompañan disfraces que se aferran a nuestro cuerpo como una segunda piel. Plumas, lentejuelas, tul se transforman en sonrisas educadas, respuestas ensayadas y silencios estratégicos. Vestimos la máscara de la seguridad cuando en realidad estamos temblando por dentro, la de la felicidad cuando lo único que queremos es llorar un rato, la de la indiferencia para no mostrar lo mucho que nos importa una situación. La vida, como baile de máscaras.


Aprendemos a disfrazarnos temprano. A veces sin darnos cuenta, a veces porque nos insisten. Nos dicen que hay que mostrar simpatía, aunque no nos apetezca, que hay que simular seguridad, aunque estemos temblando por dentro, que hay que contener las ganas de gritar cuando algo no nos gusta. Y así, poco a poco, nos vamos poniendo capas. La del que no dice lo que piensa en el trabajo porque hay que llevarse bien con el entorno. La de fingir que todo está bien cuando estamos resquebrajándonos por dentro. La de hacernos visibles en reuniones sociales, cuando querríamos desaparecer.


Por suerte, cuanto más viajamos hacia dentro, más se traslada fuera sin filtros. Se van deshaciendo las máscaras, las capas van cayendo, el suelo se inunda de purpurina y nosotros de luz propia. Adiós a las sonrisas pintadas, bienvenidos los gestos espontáneos. Adiós a los brillos y charoles, bienvenida la piel y la ropa sin adornos. Adiós a los personajes, bienvenidas las personas.


Así que este año, cuando las comparsas se diluyan y el confeti desaparezca de las calles, quizás valga la pena preguntarse: ¿qué pasaría si nos atreviéramos a llevar menos máscaras el resto del año? ¿Si nos permitiéramos ser un poco más nosotros sin esperar a que el calendario nos dé permiso? Quizás entonces descubriríamos que no hay disfraz más cómodo que el de la propia piel y mejor letra de comparsa que la de nuestros valores.


Y tal vez de eso se trate la vida: de encontrar a esa gente con la que podamos quitarnos el disfraz sin miedo. O al menos, que nos ayude a recordar cómo era la piel debajo de tanta máscara. Decía Marguerite Yourcenar: “La posibilidad de quitarse la máscara en todas las ocasiones es una de las raras ventajas que reconozco a la vejez”. No esperes a ese tiempo, hazlo ahora. Con o sin “Entroido” sé tú mismo, tú misma.

“Baile de máscaras”

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