Maryi Malca (Iquitos, Perú, 1991) presenta este viernes a las 19.00 horas en el centro cívico de Canido su primer libro, “Todas las playas de mi vida” (Loto Azul Editorial), cuando todavía se recupera de una cirugía que ha cambiado su modo, en ocasiones literalmente, de caminar por la vida.
La obra es un inventario vital en el que la autora, en un ejercicio de generosidad, comparte con el lector sus reflexiones íntimas e invita a acompañarla en su crecimiento personal a lo largo de los años. Todo ello, entre arena, salitre y música, puesto que además nos encontraremos una lista de Spotify que puede acompañar a la lectura.
¿Cómo empezó a escribir?
Tuve un profesor en el Sofía Casanova, Juan Blanco Rouco, que fue quien me empujó a escribir porque se dio cuenta de que yo era una persona que tenía una situación complicada y no era capaz de hablar de mis sentimientos. Me convenció de que era la manera de desahogarme, así que me abrí mi primer blog y el único que leía aquellos textos. Encontré ahí una forma de gestión emocional.
¿Cómo fue variando esa secuencia vital con la escritura?
Los primeros textos eran muy duros y tristes porque en ese momento tenía muchas cosas en la cabeza con respecto a mi familia, a las ausencias... Después, pasé por varias fases. Hay una Maryi política, con sus ideas que empiezan a ser muy claras pero, a la vez, abiertas y tolerantes también gracias a que Juan [Blanco] me enseñó a cómo hablar con la gente que piensa diferente a ti...
Y, bueno, además de esa época más cañera y rebelde, a partir de los 20 años, que es el grueso del libro, ya reflexiono sobre muchos temas dispares impulsados por mi estado de ánimo. No soy una persona de sentimientos neutros, lo digo en un capítulo. Van a ver la evolución hacia una Maryi más adulta, más madura, que va creciendo y le van pasando cosas sobre las que reflexiona, sobre todo, delante del mar.
¿Y encuentra consuelo?
Sí, esa es la palabra. La escritura es mi consuelo y mi “pensadero”.
Y siempre con el mar de fondo...
El mar es la metáfora constante del libro porque es como sentarte ante un espejo, delante de alguien que te escucha... Es ir con un problema y acabar tranquila, con la perspectiva que ofrece. Los viajes y las libélulas también son una referencia constante, como la idea de la libertad, y además estos insectos son muy de las dunas del medio de Doniños.
¿Es la playa de su vida?
Exacto, pero también otras, como la playa del Ancla, en el Puerto de Santa María, donde vive una de mis hermanas. Ahí he tenido grandes paseos conmigo misma, lo mismo que en Costa Rica, a donde voy mucho a ver a mi familia y es un punto muy importante. De hecho, allí, en Conchal, terminé el libro y le puse nombre.
O sea, que es un libro transatlántico...
Como yo, que nací en Iquitos, en la Amazonía peruana, pero me vine de muy pequeñita a Ferrol. Al final, la naturaleza, el mar, la playa... Llevan toda la vida conmigo.
¿Cómo se pasa de escribir para una misma, para desahogarse, a mostrárselo al mundo?
Tardé mucho en enseñárselo a mi entorno porque me daba muchísima vergüenza, pero al evolucionar, a partir de los 20 años, empecé a hacerlo. Eso sí, nunca pensé que se convertiría en un libro físico y real, editado por una editorial de poesía, hasta que cumplí 30 años y un amigo, Pablo Galego, decidió descargarse los textos de mi blog, maquetarlos, y convertirlos en dos prototipos para regalármelos. Fue su manera de decirme: “Maryi, termínalo”. Ahí es cuando me doy cuenta de que puede ser algo bonito.
Ahí es cuando se lo cree...
Sí, y me pongo a trabajarlo y corregirlo hasta que lo termino en febrero de 2023. Es curioso porque lo que hice fue desordenarlos, romper el orden cronológico, organizar los textos de otra manera, más personal, un poco por temáticas... Cuando le puse nombre lo registré como propiedad intelectual a mediados de aquel año y en septiembre me llamó Vicente Irisarri para invitarme a su programa de Rádio Filispim a hablar de esas “primeras galeradas”, como decía él, y fue un momento muy bonito también.
Y otro impulso...
Sí, y es cuando decidí lanzarlo a las editoriales hasta que quedó en “stand-by” porque enfermé de la espalda, lo que me obligó a parar casi todo 2024, hasta noviembre, una semana antes de operarme de la columna, que me llamaron de Loto Azul. Me dijeron que les había encantado el manuscrito y ahí empezó el proceso de edición, en el que también me acompañaron dos amigos geniales: Daniel Santalla, que aporta las fotografías de portada y de la biografía, y Suso Manchita, que hizo un prólogo que es una maravilla.
Cómo es la vida, ¿no? En uno de sus peores momentos de salud, le brinda una ilusión...
Fue increíble porque el mismo día que me volvió a dar un brote medular en el que dejé de sentir el pie, cuando se decidió que entraría de urgencia en el quirófano, estando en la camilla leí el correo de la editorial. Suena naif, pero es cierto lo que se dice a veces de que “no hay luz sin oscuridad ni oscuridad sin luz”.
¿Está gustando el libro?
Me dicen que es un libro para volver a él, que se lee rápido y que te deja el poso de querer releerlo, como cuando quieres regresar a la playa un día cualquiera.
Eso es que la gente se identifica...
Sí, todos hemos pasado por épocas malas y nos dijeron que expresar emociones era un síntoma de debilidad o vulnerabilidad cuando es todo lo contrario. En el libro quiero dejar clara la importancia de la inteligencia emocional y del apoyo de la gente a la que quieres.
Y del aprendizaje vital...
Siempre nos han dicho que estar perdido era malo y pienso que es parte del camino. Caminar es vivir y muchas veces vas a verte sin rumbo por muchas circunstancias, pero intento aportar esa mirada al futuro con esperanza, con optimismo puro.