Hubo un momento en el que Conan pudo ser rey. Me refiero al Conan de Arnold Schwarzenegger, porque evidentemente el original, el creado por Robert Howard, lo fue. A comienzos de los 2000, circulaba el runrún creciente de que los hermanos Wachowski, los que habían revolucionado el cine con la inolvidable Matrix, iban a elegir como su próximo proyecto la tercera entrega de las aventuras de Conan con el austriaco como protagonista.
El guion existe, bajo el título “Conan rey: La corona de hierro”, y, gracias al extraperlo digital, les puedo ofrecer su arranque bajo este párrafo. Por cierto; la autoría del mismo corresponde a John Milius, a quien le debemos la “Conan” original, “Apocalypse Now” o “Harry, El Sucio”.
NIEBLAS - Nieblas oscuras, estigias. Moviéndonos a través de ellas, como flotando, como alzándonos. El gran cofre de las tinieblas y nieblas se abre allá abajo, al infinito o a algo peor.
MAGO (en off) - Escribo las crónicas sobre mi señor, Conan, bárbaro, ladrón, guerrero, rey. El mundo envejece a mi alrededor, pero muy pocas cosas cambian. El hombre nace del caos, su sino es luchar. Luchar por tomar aliento, luchar por vivir; luego, por conquistar… ¿Y para qué? Como si pudiera conquistar el tiempo o siquiera a sí mismo.
Hay mucho más, evidentemente, en las más de 160 páginas que rubricó Milius allá por 2001, al punto de que todo esto, al no fraguarse, se convirtió en una de esas leyendas del cine que los muy mitómanos (culpable) se cuentan entre los de su raza con añoranza. Como un cuento que nunca pudo ser pero que se ha vuelto incluso más deseable precisamente por la imposibilidad de verlo realizado.
Salto en el tiempo, de casi un cuarto de siglo. Al aquí; al ahora. Cogen su mando (de tele, de play, de Steam Deck) y sintonizan (es un decir) Amazon Prime. Y allí buscan una serie titulada “Secret Level”. Y dentro de esa serie, sintonizan el episodio 3, que lleva por título “New World: The Once and Future King”. Oséase, para los que no estén muy versados en la lengua del divino Shakespeare, “El nuevo mundo: El único y futuro rey”.
Como todos los episodios de esta serie (estupenda, por cierto), la idea es transformar en animación para adultos la narrativa (eso que tan de moda está llamar lore) de un videojuego en un pequeño episodio de unos 20 y tantos minutos; como mucho. La idea se la debemos a uno de los más brillantes promotores de este tipo de aventuras en occidente, Tim Miller, quien también ha acuñado la magnífica “Love, Death & Robots” en Netflix. Para que la magia se obre, tendrán que verlo en versión original. Pronto entenderán por qué.
El caso es que “El nuevo mundo: El único y futuro rey” nos cuenta la historia del Rey Aelstrom, que llega a las tierras ignotas de Aeternum (el lugar donde se desarrolla el videojuego en cuestión) acompañado únicamente de su chambelán, Scaveola, y con su ególatra y naif personalidad se embarca en intentar convencer a los lugareños de que él es el nuevo rey al que deben rendir la debida pleitesía. La cosa le sale fatal, y se convierte en una descacharrante comedia y también en una insólita e inesperada historia de amistad masculina (sin asomo de romance) que consigue mantener carcajadas, sonrisas e incluso algún que otro estremecimiento del alma en su breve vida ante nuestros ojos.
Pero hay algo extraordinario fraguándose entre bambalinas. A fuego lento. Relativamente pronto, para el que lo conozca, la voz resultará familiar. “Qué buen guiño”, piensa uno. Luego, reflexionando sobre el devenir de la trama, se asombra de la profundidad de la “broma”. Ostras, si parece tal cual la historia que nunca tuvimos de Conan Rey retorcida por una imaginación canalla a lo Mel Brooks. Pero es que entonces, al terminar, llegan los títulos de crédito y uno lee:
Rey Alstrom - Arnold Schwarzenegger
Y entonces todo explota. Porque hemos visto, efectivamente, el Conan Rey que siempre soñamos soñado de la manera que nunca se nos hubiera ocurrido soñar. Un Conan Rey que se reconoce como cobarde y que muestra su vulnerabilidad y su ternura en un final inolvidable que es como cuando Clint Eastwood, en la inolvidable “Gran Torino”, se saca del bolsillo de la pechera no una pistola, sino sus dedos en el gesto infantil de un piu-piu.
Lo he dicho muchas veces. Por mucho que nos haya quitado la era streaming, también nos ha otorgado, y lo sigue haciendo, momentos inolvidables. E imposibles en cualquier otro formato.